Mis 2 días y 1/2 con Apolo II

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Apolo II vivió en un mundo que no era para él. Seguramente cuando nació no lo sabía, pero tampoco podía saberlo. Apolo II vivía en la calle, como muchos otros pupos. Quizás tuvo una familia en algún momento, amigos perrunos que los acompañaban en sus aventuras callejeras. Eso nunca lo sabremos. Toda su historia antes del pasado miércoles 04 de septiembre 2013 será siempre un misterio.

Los único que podemos saber es que la noche de ese miércoles Apolo II fue encontrado por Josefina y su pololo en la calle, bañado en bencina porque a unos malditos humanos simplemente se les ocurrió hacerlo. Josefina y su pololo lo recogieron y lo llevaron a la veterinaria, donde pudieron limpiarlo y examinarlo para ver cómo estaba realmente.

Confieso que, en un principio, no quería ir a ver a Apolo II. Me daba mucha pena y el sólo pensar en él llevaba mis ojos de lágrimas. Por pena, por rabia e impotencia que sentía al pensar en lo que estaba pasando, en que existen personas capaces de hacer esto y en que no es justo que un pupo sufra así.

El día jueves fuimos a verlo y ahí estaba, echado, descansando muy tranquilo. Seguramente era el primer momento en mucho tiempo que podía hacerlo. Su pelo atigrado se veía limpio y hermoso después de sacarle todo el combustible contaminante del cuerpo. Y aunque respiraba algo agitado, los doctores dijeron que se veía bien, había caminado y comido un poco. A pesar de eso, su diagnóstico era 50/50.

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El viernes en la mañana supimos la noticia. Tras realizar exámenes a Apolo II, se le detectaron tumores muy avanzados. Además sus pulmones e hígado estaban comprometidos por el combustible y no había posibilidades de que viviera bien. Había que eutanasiarlo. La pena me embargó y no pude contenerme. Lloré sólo en el baño. Quería gritar de rabia por la injusticia que existe en este mundo.

Esa misma tarde fuimos a despedirnos. Conocimos a Josefina, el “ángel de la guarda” de Apolo II, la persona que lo salvó de la calle y le entregó una despedida digna, como se merecía. Lo abrazamos, le pedimos perdón por todo y le dijimos adiós.

Al final me quedé sólo con él, esperando ese momento que nunca queremos que pase. Estaba acurrucado, tranquilo, como diciéndome que no me preocupaba, que iba a estar bien, que no era nuestra culpa y que nos agradecía por lo que habíamos hecho. Yo lloré, le dije que nunca lo olvidaría, que nos perdonara por lo poco que habíamos hecho y que era el mejor pupo del mundo, aunque este mundo no hubiese sido el mejor para él.

Apolo II se fue tranquilo, durmiendo, en un lugar tranquilo y rodeado del amor que, quizás, nunca tuvo. Y aunque estuve 2 días y 1/2 con él, nunca lo voy a olvidar. Siento como si lo hubiese conocido siempre, de pequeño. Me lo imagino corriendo por el campo y jugando con otros pupos, feliz.

Apolo II, eres el mejor pupo del mundo.

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